En los últimos veinte años, Santiago ha sido
un territorio de cambios, potenciados por el
retorno global de lo urbano.
no es la cultura urbana la que se ha vuelto
de moda, sino sólo una parte de ella, a la que
haríamos bien en llamar cool-tura urbana.
Con este nuevo número, dedicado a la Cultura Urbana, Foco76 sigue marcando camino en su travesía por comprender nuestra relación con la ciudad. La elección del tema que ahora nos convoca se basa en el reconocimiento de que los espacios urbanos no están construidos sólo de componentes físicos, sino también de intangibles. Historias, crónicas, huellas, cicatrices, temblores y tonalidades que pueblan el espacio, dando luz a los mapas afectivos de nuestra ciudad. Santiago, puede decirse, no sólo se vive, también se recuerda, anhela, imagina y sueña.
Es bueno poner esto en perspectiva, quizás volviendo un poco sobre nuestra historia reciente. No hace falta mucho esfuerzo para recordar que durante décadas nuestra ciudad fue denostada por sus habitantes, los que no guardaron aliento para catalogarla de sucia, violenta, pobre, segregada, gris y ruda. Incluso la toponimia capitalina se vio afectada por la fuerza de este discurso antiurbano, siendo ocultada bajo seudónimos masivos como Santiasco o Santialgo. Es cierto que muchas de estas características continúan vigentes, pero la particularidad de entonces es que su fuerza impedía que cualquier discurso contrario encontrara espacio para ser enarbolado.
Este fenómeno, en todo caso, no ocurría sólo por estas latitudes. Ciudades que hoy son sinónimo de la urbanidad cool, tales como Tokio, Barcelona o Londres, se encontraban también azotadas por males bastante parecidos a los de Santiago. Ciudades sucias, violentas y en franco deterioro, con sus arcas fiscales exiguas y que sufrían del éxodo masivo de sus habitanes. Nueva York, por ejemplo, no era en los 70' esa ciudad cosmopolita y sofisticada que reconocemos hoy, sino más bien ese territorio de calles asoladas e inseguras que bien quedó plasmado en En los últimos veinte años, Santiago ha sido un territorio de cambios, potenciados por el retorno global de lo urbano.
No es la cultura urbana la que se ha vuelto de moda, sino sólo una parte de ella, a la que haríamos bien en llamar cool-tura urbana. en santiago cintas como Taxi Driver, Fiebre de Sábado por la Noche y The Warriors, entre varias otras.
A fines de los 70', sin embargo, algo empezó a cambiar y las ciudades comenzaron a ser percibidas y vividas de otra manera. Justamente reconociendo esto, es que el estado de Nueva Cork diseñó, en 1977, un plan de marketing urbano para resignificar la ciudad y reposicionar su nombre como un atractivo turístico de ribetes internacionales. Fue el famoso "I NY", con su éxito, el que marcó la primera etapa de lo que podríamos llamar el giro prourbano.
Nuevos adjetivos para Santiago
Santiago, por su parte, no se quedó atrás en esta nueva era.En algún punto impreciso de los últimos veinte años, la ciudad comenzó también a ser nombrada -e imaginada- con una serie de atributos que no se escuchaban hacía décadas. Adjetivos nuevos como tolerante, entretenida, moderna y cálida fueron de a poco sonando en sus calles, inaugurando una nueva relación entre la ciudad y sus habitantes.
Muchas razones pueden citarse para justificar este proceso, entre los cuales no puede minimizarse la relevancia de las transformaciones materiales, tanto sociales como espaciales, que empezaron a hacer de Santiago un lugar más vivible que antaño. De los 80' hasta hoy, la ciudad redujo su segregación de gran escala, mejoró su provisión de servicios -con la excepción conocida del Transantiago-, disminuyó sus índices de pobreza, diversificó su oferta culinaria, redujo sus niveles de contaminación ambiental y construyó una oferta cultural y artística que ya poco tiene que envidiarle a la de ciudades como Buenos Aires, Sao Paulo o Madrid. Todo eso sin contar con los cambios políticos que el país vivió, tanto a nivel de grandes instituciones como de ciudadanía, cuyas ramificaciones hoy pueden detectarse en cada esquina.
Es cierto que muchas de las transformaciones no han sido necesariamente positivas, sino al contrario. El sinsentido de cubrir toda la piel urbana de autopistas, la bizarra manera que tenemos de gestionar nuestro patrimonio y el frenético reemplazo de los negocios de barrio por strip centers son algunas de las malas prácticas que solemos importar sin mayor reflexión y estimando sólo sus bondades a corto plazo. En cualquier caso, y como balance general, uno podría decir que las transformaciones urbanas han sido buenas, sobre todo con respecto a la nueva manera que tenemos de vivir y usar la ciudad.
Cambios. A fin de cuentas, en los últimos veinte años Santiago ha sido un territorio de cambios los que, potenciados por este retorno global de lo urbano no sólo han logrado renovarle el rostro a la ciudad, sino que han operado de modo mucho más profundo, imprimiéndole un nuevo sello. Ya no es Santiasco ni Santialgo. Simplemente Santiago.
Cultura trendy Como práctica y como concepto, por tanto, lo urbano fue completamente refaccionado. Aprovechándose de sus bondades, los medios de comunicación y los aparatos del marketing y la publicidad no tardaron en volverlo un sinónimo de todo aquello que es cosmopolita, vanguardista y marginalmente sofisticado.
De ahí, bastó sólo un paso para que el término cultura urbana quedara también indefectiblemente adherido a estas transformaciones prourbanas. Porque, querámoslo o no, decir hoy cultura urbana no da cuenta precisamente de todas aquellas maneras que tenemos de habitar, imaginar y representar nuestra vida en las ciudades, sino exclusivamente de aquellas que se han vuelto trendy, o de moda. No es, entonces, la cultura urbana la que se ha desarrollado, sino sólo una parte de ella, a la que haríamos bien en llamar cool-tura urbana. Es la cooltura urbana de las zapatillas, tribus y graffitis; de los cafecitos con estilo, hoteles boutiques y música electrónica.
La cool-tura urbana de los arquitectos, diseñadores y artistas experimentales; del ciclista y del nuevo corredor de maratones. Cool-tura urbana del cine coreano e iraní, del nuevo arte británico y de la literatura joven estadounidense; cultura urbana de las comunas con espacios públicos limpios y bien cuidados, y de la gastronomía fusión y helados de ierbas medicinales. Cool-tura urbana de la música en vinilo, la autorreferencialidad 2.0 y los stencils 'contestatarios'; de los festivales de cine y las filas para el iphone.
Es, finalmente, la cool-tura urbana hecha marca, creada y envasada para su consumo inmediato.
Uno podría asegurar que, cuando alguien dice que es parte de esa nueva 'cultura urbana santiaguina', lo que en verdad está diciendo -o queriendo decir- es que pertenece a un circuito de modas, prácticas y ritos de carácter global. Ya que comparte sus pautas culturales, principalmente de consumo, es parte del 'primer mundo'. Es ser santiaguino, y con ello, ser neoyorquino, londinense o bonaerense.
Pero esa cool-tura urbana, como hemos advertido, no recoge todo aquello que es único de la vida en las ciudades. Si quisiéramos hablar propiamente de cultura urbana, debiéramos referirnos también, como lo hace este número de Foco76, a los procesos de expulsión asociados a la gentrificación; a la funcionalidad con que los mall se construyen y las mil y una maneras en que son reelaborados por sus usuarios; a las formas en que los espacios públicos son abandonados, apropiados y reapropiados por transeúntes, vecinos y pandillas en barrios populares.
La cultura urbana abarca, además, los nuevos usos que el inmigrante ofrece a nuestras ciudades; las estrategias del poder y las tácticas de resistencia; el rol de los sentidos en la orientación y uso cotidiano de las calles, y un largo, largo etcétera. Una cultura urbana, por tanto, como un territorio mucho más amplio que ese que el marketing nos revela, y que aunque contiene a esa otra cool-tura hoy de moda, ciertamente no se reduce a ella.
Ricardo Greene es Sociólogo, Magíster en Desarrollo Urbano por la Universidad Católica y candidato a Doctor en Antropología Visual por Goldsmiths, University of London. Director de Bifurcaciones, revista de estudios culturales urbanos, www.bifurcaciones.cl



















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